
sola por las noches,
de la neblina que no te deja ver quien te
ronda al amanecer.
Me gritas Mi Ciudad, del cojo tambaleante que se
pega a tus paredes, ebrio perdido que navega de un
lado a otro sin encontrar sus pilares.
Me gritas Mi Ciudad, del cura de la capilla que llama
a misa esperando rescatar del abismo a los jóvenes,
y de las parejas que se resisten a abandonarse
a Dios y seguir sus preceptos,
como no usar condón.
Me gritas Mi Ciudad,
que quiere pisar fuerte pero se resiste,
de la que captura con su mirada tras el
flequillo que quiere un mundo,
que habla vocablos sabios y maduros,
aunque parezca muchas veces una niña
con vestido nuevo.
Me gritas Mi Ciudad,
del canto del cardenal que lleva un mensaje
escondido para esa amante que se duerme
entre puños desolados, miradas tibias
y besos sin tocar,
mensaje que ni ella sabe quien lo traerá,
pero que espera... espera.
Me gritas Mi Ciudad,
de los brazos del niño que se pierde
cuando ve a su madre,
ese refugio perenne,
Me gritas Mi Ciudad,
del hombre que se abre paso poco a poco,
que es fuerte como bolas de cañón,
pero que también se quebranta
ante la mirada de un pequeño que
le pide cobijo.
Me grita Mi Ciudad,
y yo escucho,
y yo veo,
y yo espero.