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16.1.06

El Lienzo Inconcluso



Camino por Hardy Amies otra vez, atrás mi perro que siempre va conmigo aunque no lo desee, el cielo se desploma y los rayos y truenos alumbran mis pasos, realmente no me importa caminar a ciegas o a plena luz del día, conozco cada block con el que esta hecho cada edificio, que árbol deja caer la primera hoja en otoño y cual es el primero en renacer en primavera, sé como corre el agua por las orillas cuando llueve, que esquina se construyó primero y cuantas veces esa misma canción ha permanecido en mi mente como el gusanillo. Sade me despierta y acompaña en mis pasos una y otra vez:

(…)

The DJ's playing the same song
I have so much to do
I have to carry on
I wonder if this grief will ever let me go
I feel like I am the king of sorrow, yeah
The king of sorrow

(…)


Llegaré otra vez al café, recordarás el nombre? Si, The Factory Café. Me sentaré por ahí y esperaré… hoy puede ser ese día en que pudieras llegar y recomenzar lo que dejamos inconcluso.

Recuerdo que mientras trabajaba yo en ese café terminando un cuadro llegaste y de buenas a primeras dijiste que querías un retrato que reflejara más que nada tu interior, no el típico cuadro que retrata la belleza exterior, sino el que al verlo te deje ver una parte de tu vida.

Así que cada día que te pinté me propuse siempre ir más allá y descubrir de a poco como inclinas tu cabeza como buscando algo en tu falda, como el viento mueve tu pelo, y aprendí a traspasar tu piel para imaginar tu vida antes de conocernos, todo eso que conjugó la atmósfera, junto con tu pose tan natural, serena y confiada dirigían mis pinceles..

Al pasar de los días se abrían los corazones y me contabas de tu niñez y adolescencia de como descubriste el amor, que sabes que el amor y el deseo están intimamente unidos, que se alimentan mutuamente; yo al contemplarte así al frente de los rayos del sol, parecías iluminada y llena de sabiduría, me bebía tus palabras y los movimientos de tus labios en cada sorbo de café e iban humedeciendo mis entrañas.

Cuando te decía que no hablaras más para poder pintarte, tu rostro se llenaba de palabras mudas y tus poros y ojos hablaban por si solos.

La hora se desvanecía como un segundo y el cuadro siempre quedaba inconcluso, se nos hizo costumbre dejarlo así y preferir dejar The Factory Café y salir a caminar.

Me señalaste donde vivías y como al despertar podías escuchar los trinos de los pájaros y las campanas de aquella Iglesia que se veía apenas con su cruz en lo alto.

Recuerdas como fue nuestro primer abrazo? Fue en esta misma calle, la que conoce el sonido de mis pasos y guarda el eco de tu risa; al cruzar para llegar al café un camión pasó y nos bañó con el agua acumulada del día anterior, al pasar esto te volteaste hacia mi y te cubriste con mi abrigo, te abracé y pegaste tu cabeza contra mi pecho, y pude oler el perfume de tu pelo y sentir la forma de tu cintura, empezó a llover enseguida y tu feliz como niña levantaste la cabeza echándote a reir, aún puedo ver como resbalaban las gotas por tu rostro y como sin más te estreché fuertemente y me fundí en tu boca, que beso tan cálido y profundo, que suavidad de tus labios y que delicioso el néctar que guardas en ellos. Nos separamos y sacudiste tu cabeza, mientras la llovizna seguía sobre nosotros, tus pequeños cabellos se pegaban a tu rostro y le daban un toque sensual y único.

Caminamos incansables y la noche se volvio nuestra acompañante, la guardiana del amor que exhalaban nuestros cuerpos. Después de recorrer calles que antes no se nos antojaría caminar volvímos a tu apartamento, donde nos amaneció tomados de las manos.

Me despedí de ti y quedamos en vernos en The Factory Café al día siguiente.

Poco antes de la hora señalada caminaba a toda prisa por Hardy Amies, iba tarde, y esta vez mis cosas para seguir pintándote pesaban más que nunca, sólo quería llegar para estrecharte y envolverme en tus ojos.

Te esperé más de una hora, se secó la pintura de mi paleta y el cuadro seguía tapado, entraba y salían comensales, el crepúsculo aparecía y de mi Amore no sabía nada.

Al ir recogiendo mis cosas, entre ellas mi melancolía que caía y subía delante de mi, llegaste, tan feliz y sonriente con brillo de mujer enamorada. No pude más que quedar enmudecido y contemplarte y no escuchar todo lo que decías, sólo retumbaba dentro mío mi corazón y mi sonrisa parecía congelada.

Te abrazaste de pronto a mi, y yo entre toda mi sorpresa te abracé y te dije al oído: te amo!

Tomamos mis cosas y me guiaste hacia tu apartamento, por fin comprendí el por qué de tu tardanza, habías arreglado todo en él para mí, para ti. Cada pétalo sobre el piso, cada vela que guiaba hasta tu recámara. Caminamos juntos por ese aromático lugar y te pusiste frente al espejo, tu vestido de tirantes cayó, y la silueta de tus formas se plasmaba en el espejo. No pude más que acercarme a ti y besar tu cuello y clavícula, tu mano suave acariciaba mi cabeza. Acaricié tus senos y tus puntas erizadas, como si estuvieran orgullosos de ser tocados mientras mi boca se plasmaba en tu espalda, el revuelo de mis manos llego a tu sexo impaciente que se entregó casi al primer contacto, te admiraba al vernos frente al espejo, como tu pelo se movía levemente y como gemías apenas, como pegabas tu boca a mi cuello cuando estallabas en mil fuegos de artificio.
Nos entregamos una y mil veces esa noche, siempre con el mismo apasionamiento y dulzura.


Los días y las noches se volvieron nuestras, los caminos y paisajes tantas veces vistos eran ahora nuevos y el amor lo sentía revolotear.

Cuantas veces te dije que los días en que no nos veíamos el viento era el que me traía tu nombre, el que lo arrastraba una y otra vez hasta mis pies, el que me rozaba la cara y percibía tu beso, y el movimiento que los árboles tenían eran porque bailaban al sentir tu nombre llegar… y recuerdas aquella noche, noche de lluvia de estrellas cuando acampamos en The Palermo Hill, que noche tan clara y hermosa. Como te inventé palabras de amor y como te decía que todas esas estrellas que se dejaban caer traían grabadas nuestras iniciales y un Te Amo, y como las demás que permanecían aún en el techo las deje para que alumbraran nuestro camino… tu sonreías y callabas, te deleitabas al sonido de mi voz y te mostrabas cautiva como si fuera la primera vez que te sentías enamorada, tu cuerpo junto al mío era la cuerda que creaba música en mi interior y hacía creerme el mejor poeta de todos los tiempos.

Un día cálido de octubre emprendiste un viaje de trabajo… me decías que tardarías una semana… la semana pasó como pasó octubre, tus llamadas y cartas se hicieron espaciadas, y notaba en tus trazos lo mucho que te costaba delinear cada letra… te fui a buscar ese invierno, sólo para encontrarme que ya no vivías ahí que te habías marchado sin más…

Regresé a vagabundear por Hardy Amies, a trabajar a The Factory Café y hasta acampé en la oscuridad inmensa de The Palermo Hill muchas noches… la soledad fue permeando mi ser, me sentía desprotegido, débil y avergonzado de mi vaciedad sin poder darme el permiso de enamorarme, sin poder ver más allá de mi dolor.

Aún hoy después de tantos años recorro cada día Hardy Amies en busca de ti. Mis ojos traspasan tu departamento, y crean tu silueta en la ventana. Cuantas veces tus palabras retumban como cascada en mi mente y cada vez que veo tu cuadro inconcluso vuelven a mi tus palabras: “Quiero que mi cuerpo sea tu lienzo, que grabes en él tus palabras de amor para mí”.

Tal vez te reencuentre un día, y podamos retomar las palabras de amor que se quedaron enmudecidas en mi garganta, tal vez podamos un día recrear las últimas horas que pasamos juntos y sin más volver a amarnos, sin explicaciones, sin saber qué fue lo que pasó… y tal vez al día siguiente de compartir los cuerpos podamos terminar el cuadro con el que empezó nuestra historia, si el que sigue ahí, en el caballete aún inconcluso.

Fin…

13.1.06

Deseo


Vaivenes que hacen mis manos al acariciar
tus muslos.

Cuerdas de violines tus costados
donde se tensan mis labios.

El mar de la ducha que
se guarece en tu pelo,
donde mis dedos son delfines que
navegan libres.

El deseo de mis ojos que se percibe
enamorado canta y danza
sobre tu cuerpo
y el alba que nos trae un nuevo
día se hechiza como nosotros
al vernos entrelazados sedientos
aún de hacernos amor.